
Como es lógico, me formo una opinión a partir de la información que me procuro en los temas que más me interesan y, en este caso, estoy convencido de que quienes controlan la Tierra son muy principalmente personas anglosajonas, blancas, que se adscriben a las religiones judía y al cristianismo de raíz calvinista y que tienen en común su militancia política en el nacionalismo sionista, que llevó a la creación arbitraria del Estado de Israel en 1948.
A pesar de su pequeño número, son dueñas de la Banca mundial y del sistema financiero especulativo, lo cual les ha permitido amasar un poder indescriptible, apropiándose de casi todo el planeta a través de sus bancos, fondos de cobertura y toda clase de entidades financieras, durante siglos.
Lo que aún no puedo dilucidar, es si esa gente tiene de verdad una creencia religiosa veterotestamentaria, considerándose “el pueblo elegido de Dios”, (ese dios), o si solamente usan la religión para arrastrar la voluntad de los incautos, instrumentalizando al verdadero pueblo judío, ese ínfimo colectivo humano que mantiene hasta hoy la tradición mosaica en sus comunidades de Nueva York, Buenos Aires, Tel Aviv, Jerusalén, Haifa, París, Londres o, sí, Teherán y El Cairo.
Si es el caso la primera opción, entonces discutiría con fundamentos tal interpretación religiosa supremacista, pudiendo argüir que se necesita mucha arrogancia para pretender superioridad sobre el 99,8% de la población terrestre que no profesa el judaísmo. La Torá, tenido por un documento de inspiración divina por sus suscriptores -del mismo modo que el Popol Vuh, el Bhagavadgītā, el Corán, el Avesta, la Epopeya de Gilgamesh o el Nuevo Testamento para sus respectivos creyentes- no es más que la crónica de una familia semita de origen babilónico, su descendencia, vicisitudes y costumbres, teniendo en común con todas las otras esa vinculación misteriosa con algún tipo de poderosa entidad, que en determinada circunstancia cargada de misticismo les habría entregado una información valiosa y establecido un pacto, en su contexto histórico y geográfico.
Si el caso es la segunda alternativa -la que considero más plausible- puedo entender que la comunidad que profesa genuinamente la religión judía sea la primera víctima en el engaño descomunal del Anglo Sionismo, que tiene en Israel como rostro a Netanyahu y en su bolsillo a los más altos funcionarios de Inglaterra y Estados Unidos, principalmente. No en vano muchos judíos ortodoxos no aceptan la instalación de Israel como país, pues esperan que sea el Māšîaḥ quien venga a la Tierra y establezca -sostienen- su reino en el planeta, con capital en Jerusalén.
Para el Anglo Sionismo poco importa ese concepto de los exégetas judíos, puesto que desde fines del siglo XIX planteó a través de Theodor Herzl su voluntad de obtener un territorio donde crear el país supuestamente destinado a la Nación judía en la diáspora, que pudiese haber sido en Argentina o en Uganda, si su principal opción, Palestina, no hubiese resultado. Puedo pensar que al Anglo Sionismo nada le interesa la religión, sino exclusivamente el poder y viene probando con contundencia que está dispuesto incluso a aniquilar el planeta, si no consigue su diabólico propósito.







