¿Nueva Derecha…?

Derecha e izquierda. Izquierda y derecha. Nos han vendido esta dicotomía que ya tiene más de dos siglos y con la cual han logrado mantener a media humanidad dividida y enfrentada, sobre una falacia muy bien montada y que cada cierto tiempo ha sido retocada a lo largo de los siglos XIX, XX y lo que va del XXI, logrando todavía serle útil a sus creadores y manteniendo en la miseria a ingentes cohortes de seres humanos.

Como suelo decir, los hechos constituyen evidencia y cuando falta información precisa y de primera fuente, bien vale echar mano a los simples hechos, recurrir a la impertérrita realidad que siempre está por encima de los discursos y las especulaciones.

Desde fines del siglo XVIII aquellos personajes de gran poder -algunos de los cuales son bien conocidos como multibillonarios dueños de casi todo y otros de ellos son completamente invisibles al gran público- instalaron esta noción binaria a partir del proceso de deliberación durante la revolución burguesa en Francia, donde en el sector izquierdo del salón se ubicaban quienes buscaban eliminar la monarquía y, sobre un conveniente discurso de “participación plena de la ciudadanía” y agitación de las masas, tomar el poder absoluto del país. En el sector derecho del salón se sentaban quienes preferían instalar una monarquía parlamentaria, con representación ciudadana restringida como vía para asegurar, también, su acceso al poder. Extremos versus moderados, pero ambos buscando ser el recambio de la élite gobernante hasta entonces, y ambos a espaldas de la ciudadanía, como lo era el absolutismo monárquico.

La revolución bolchevique otro tanto, usando como teatro de operaciones a Rusia, con un puñado de “activos” extranjeros y unos pocos miles de comparsas locales, con su respectivo estímulo, un discurso y un rol bien aprendidos controlaron a toda una Nación que -como la francesa antes- vio sucumbir su mundo sin poder hacer algo al respecto.

Y los chinos tres décadas más tarde, enfrentados ya nítidamente entre la “derecha” de los nacionalistas de Chiang y la “izquierda” de los comunistas de Mao en una conflagración civil instigada por el mismo Poder Real tras toda revolución, guerra y desastres económicos.  

Los hechos muestran una historia diferente, sólo para quienes osan ver más allá de la versión oficial del gobierno de turno y los medios desinformadores propiedad de los mismos instigadores.

Nada tuvo de espontáneo aquel movimiento de las élites en Francia, entre la propia nobleza, la burguesía, la Iglesia misma que pareció tan perjudicada y, por supuesto, las cofradías o logias secretas y discretas, a través de las cuales el Poder Real sobre el planeta se las arregla siempre para mantener el control, por encima de los niveles organizacionales que se encuentran en perenne pugna. Real o simulada.

No son estas creaciones, la “izquierda” y la “derecha”, instaladas como opuestos equivalentes. Lo que se ha denominado “izquierda” ha sido una estrategia nítida del Poder Real sobre la Tierra, con un propósito principal, que es el de “echar pelos en la leche” en todo tiempo y lugar, en su constante afán de controlar y someter a las Naciones a través del divisionismo, el odio y el enfrentamiento fratricida. Una receta tan antigua como la historia conocida de la sociedad. La denominada “derecha”, en cambio, es un constructo del mismo Poder Real que tiene un doble propósito; por una parte servir de simple concepto contrario al de “izquierda” por default, sin sustancia, como un enemigo fantasma, poco definido y por ello fácil de vencer. El otro propósito es el de usarlo como estigma para marcar a quienes no se hayan sometido al oscuro juego de la confrontación social instigada siempre desde su herramienta favorita “la izquierda”. Hoy se diría “cancelar”.

Quienes se identifican con “la izquierda” son por definición personas que asumen un rol activo en función de la causa social que sus ideólogos han elegido para hacerse seguir. Éstos saben muy bien manejar el sistema emocional de aquellos, de sobremanera personas jóvenes y muy jóvenes, a quienes les es fácil hacer creer que la causa que les presentan es justa, mostrándoles sólo una parte de la realidad asociada a la misma, jamás toda la información disponible y, mucho menos, permitir que esas personas quieran aproximarse a conocer esa realidad, desde fuera de la caja.

Entre las personas que se dicen “de derecha” distingo dos grupos bien definidos. El menor de ellos corresponde a la disidencia controlada del mismo Poder oligárquico que dirige con astucia esta dicotomía, entre los cuales algunas están organizadas en partidos políticos, y otras se limitan a seguir como simpatizantes más bien pasivos o con una actitud ambigua.

El grupo mayor dentro de este colectivo lo constituyen personas que experimentan una relación en general coherente entre su esfuerzo personal y la consecución de logros esperados. Se identifican más bien como ciudadanos que se deben a sí mismos, a su familia y entorno inmediato, y no a agrupaciones sociales intermedias ni al Estado. No son activistas y su auto calificación como “de derecha” carece de la resolución de quienes de consideran “de izquierda”.

Esta cohorte de ciudadanos puedo decir, ha sido utilizada desde “la derecha” por el mismo Poder Real que arrastra desde “la izquierda” a sus compatriotas que -por las más diversas razones- experimentan menos satisfacción personal en sus vidas y son por ello presa fácil de la manipulación emocional, campo en el cual el Poder Real cuenta con profesionales e instituciones de la más alta calificación.

Así, una misma entidad mundial muy poderosa maneja los hilos en el escenario que le es favorable, impidiendo a como dé lugar el surgimiento y consolidación de iniciativas alternativas.  

Los Estados Nación son de creación reciente, desde los tratados de Westfalia en 1648 que supusieron el término de la supremacía monárquica y eclesial en el sistema de administración política, al menos del modo ostensible vigente hasta entonces. Fue una manera diferente de organizar la distribución de las personas por los territorios y mantenerlas así mejor controladas, debidamente separadas y alimentando en ellas un sentimiento forzado de identidad nacional…, que posteriormente sería asumido por la mayoría de los Pueblos, pero manteniendo en común el que todos nosotros, estemos donde estemos, continuaríamos financiando con nuestro trabajo a quienes integran ese Poder temporal, para el cual, por supuesto, no cuenta esta distribución arbitraria de la geografía, ya que se mantienen siempre por encima de ella.

En nuestra región iberoamericana, los países simplemente dejaron de ser España o Portugal, hace poco más de dos siglos, manteniendo unas fronteras parecidas a las que aquellos imperios habían establecido en su administración de estos territorios.

En Chile dejamos de ser España en 1818 y pasamos a constituir en el papel una república, aunque en los hechos un territorio cuya Nación ha venido desarrollándose en función de los negocios que principalmente dirigieron capitales del Reino Unido, sumándose posteriormente fondos de inversión de otros orígenes extranjeros, más la floreciente élite local relacionada con las mismas operaciones comerciales, en las diversas ramas de producción de riqueza.

Durante todo este período bicentenario ese Poder Real sobre la Humanidad y sus correspondientes designados locales, han usado esta falsa dicotomía de “izquierda” y “derecha”, alimentando así el egregor al que mis connacionales se han sometido.

No tiene sentido el enfrentamiento fratricida entre “los de izquierda” y “los de derecha”, puesto que ambos bandos están usando un criterio de “lucha” que les es ajeno, aunque muchos en su interior no estén conscientes de ello.

En general los seres humanos somos muy parecidos cuando lo que se muestra de nosotros es nuestra intimidad. Nuestras aspiraciones personales, habilidades vitales, evolución biológica, vulnerabilidades, fortalezas y realizaciones.

En ese plano existencial no tiene sentido el “ser de izquierda” o “ser de derecha”.

Entonces, ocurre que aquella Cofradía mundial poderosa que nos controla, usa hábilmente la emocionalidad humana para desarrollar ingentes cohortes de individuos “de izquierda”, consiguiendo un doble propósito como es por una parte la disminución del valor individual de cada una de esas personas y por otra, el sumarlas a su causa hegemónica, contra aquellos pares humanos suyos, pero que perciben como pertenecientes a “la derecha”, es decir, “los otros”, tomando lugar el fenómeno de deshumanización de aquél tenido por contrario, solamente en base al discurso que les ha sido profusamente reiterado, gracias a ese proceso de vaciamiento del valor individual que les ha sido practicado, y que reemplazan por la pertenencia a la manada que comparte el mismo relato.   

Acontece en paralelo, que la misma Cofradía vigila de cerca a quienes no se consideran “de izquierda” y que, muy comúnmente, tienen como principal motivación su propio desarrollo personal, sobre un fundamento axiológico que les lleva a mantener un fuerte sentido de su valor individual, difícilmente reemplazable por alguna estrategia de alienación que les lleve a sumarse a un colectivo de sujetos -por lo mismo- disminuidos en su autonomía y, ya en ese estado, ser también presa del control mental que el aludido Poder Real maneja con maestría.

La “izquierda” ha contado siempre con todo el financiamiento necesario y las más afiladas mentes dedicadas a la ingeniería social, simplemente porque es y ha sido un brazo ejecutor del Poder Global. Los ciudadanos que sucumben a la alienación de este sector suelen ser, reitero, individuos que experimentan un severo debilitamiento de su autonomía personal y que aspiran a compensar esta vacuidad integrándose a algún colectivo, siendo el mayor de ellos el Estado.

La “derecha” es una entidad mucho menos perfilada, pues consiste más bien en la reacción estudiada y esperada por el mismo Poder Global, en el largo bamboleo de su control sobre las Naciones, sector donde también financia y promueve eficientemente líderes y agrupaciones que le continúen siendo leales. Los ciudadanos que se sienten cercanos a este sector son de ordinario individuos que valoran mucho su autonomía personal y que, por tanto, desdeñan la pertenencia a colectivos sociales que les dicten lo que deben o no pensar, decir y hacer.

En síntesis, creo que “la izquierda” tiene justificación para su periódica autocrítica y reinvención, pues su propósito es demasiado caro para la Gran Banca mundial que la creó y mantiene.

En cambio, creo también que no existe justificación para que los Ciudadanos que valoramos la libertad y autonomía personal para el desarrollo de nuestro proyecto de vida, continuemos avalando a “la derecha” en tanto engendro del Globalismo que nos somete. Mucho menos en estos días en que está meridianamente claro cómo apenas desde un poco más lejos podemos ver que “izquierda y derecha” son dos caras de una misma moneda. Una misma moneda que tiene dueño, por supuesto, y que no somos nosotros.

Es del todo comprensible que las personas que se sienten “de izquierda” no tengan dificultad alguna en continuar usando ese concepto que los aglutina y les otorga una identidad compensatoria.

En cambio, en el otro sector, el razonamiento de que “resulta más fácil para la gente” continuar usando el vocablo “derecha”, para no confundirlos con los diversos intentos diferenciadores que se suponen integrados dentro de aquella noción general, me parece insuficiente y en extremo perjudicial. Por esta razón considero un error el intento de generar una “Nueva Derecha”, pues la idea de “nuevo” continúa de este modo vinculada a una voz, por un lado, rechazada irracionalmente por “la izquierda”, perpetuando así el desencuentro Ciudadano y, por otro lado, extiende el aval de una cohorte mayoritaria de ciudadanos al engendro que nos ha sido impuesto de modo malicioso por aquel Poder Global que sólo persigue su propio interés, manipulando eternamente a moros y cristianos.

“No se remienda un vestido viejo con un trozo de tejido nuevo, porque tal remiendo tira del vestido, y hace peor la rotura”, dice en Mateo 9, versículo 16, y creo que aplica en la materia que comento.

Es tiempo de superar la trampa de “izquierda y derecha” y reconocer que el verdadero eje de la enorme confrontación que existe en la Humanidad es entre la tiranía que a sangre y fuego está imponiendo el Globalismo de la Gran Banca especulativa mundial, en un extremo, y la Soberanía que por naturaleza tenemos los seres humanos sobre nosotros mismos y las Naciones de las que formamos parte, en el otro.

En otras palabras, no puedo ni acepto definirme como “de izquierda” o “de derecha”, porque ello implica ceder mi soberanía personal en beneficio del súper poder temporal hoy identificado con el Globalismo, concepto éste instalado por las mismas pocas y súper poderosas familias dueñas de casi todo, y cuyo mayor propósito declarado por algunos de sus líderes más conocidos es el de asegurar su propia subsistencia, debiendo para ello eliminar a miles de millones de seres humanos, a quienes -por supuesto- no les preguntarán por su “color político”.

Carlos Ramón Silva.

Agosto 2022.-

Publicado por

Carlos Ramón Silva

Escribo para desahogar. Es mejor que predicar en el desierto.

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